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Un regalo para toda la vida

on July 17, 2007

Por Adriana D’Angelo

 

La vida de Juan Huerta transcurría de manera normal, junto a su esposa Eva y a sus tres hijas Paloma, Gabriela y Laura, de 21, 16 y 14 años respectivamente. A pesar de sentirse bien de salud, siguió los consejos de la doctora Jacqueline Romero, vecina y amiga de la familia, y hace tres años decidió hacerse un chequeo general, para evaluar el funcionamiento de su organismo, en el cual detectaron que algo no funcionaba bien, pues los exámenes indicaron que había un exceso de proteína en la orina, factor que preocupó a los doctores.

Luego de muchas pruebas y estudios médicos, entre ellos una biopsia renal, a Juan le diagnosticaron Neuropatía por Iga, una enfermedad que impide que los riñones filtren los desechos. Poco a poco éstos se van deteriorando hasta dejar de funcionar, por lo cual el paciente debe recurrir a las diálisis.

De la noche a la mañana los días de Juan cambiaron completamente. Tres veces por semana debía hacerse el tratamiento de diálisis bajo la supervisión de un nefrólogo. Este procedimiento tenía una duración de más de cuatro horas y trajo consigo una serie de complicaciones. Además debió someterse a una estricta dieta baja en potasio y una serie de cuidados que su esposa Eva seguía minuto a minuto. 

En medio de todas esas complicaciones y ante el peligro de un empeoramiento progresivo de la salud de Juan, surgió una esperanza: la posibilidad de realizarle un transplante de riñón. A pesar de ser ésta una luz en el camino, el transplante también suponía dificultades, y la primera de ellas era conseguir al donante.

Las listas de personas que necesitan la donación de cualquier órgano del cuerpo son casi infinitas. Aún cuando existiesen miles de donantes, las probabilidades de compatibilidad son muy reducidas. El mayor de los riesgos frente a una intervención de este tipo es el rechazo del órgano por parte del cuerpo que lo recibe, por lo cual se deben hacer estudios minuciosos antes de confirmar que el transplante puede realizarse.

Juan Huerta proviene de una familia mexicana de 11 hermanos, 6 de los cuales viven en la ciudad de Naples, mientras que los otros 5 se quedaron en su país natal. Emigró a los Estados Unidos hace 29 años y aquí, junto a su esposa de origen dominicano, ha formado una hermosa familia criada bajo la fe católica y el amor a Cristo.

Al conocer la noticia de que un transplante de riñón podría salvarle la vida, la familia comenzó a buscar un donante, pero se encontraron con la realidad de que hay miles de pacientes esperando por años que llegue el que necesitan, y muchos de ellos se mueren en el camino. 

Es en ese momento donde aparece en la historia el hermano de Juan, Albino, quien se ofrece a donar uno de sus riñones, enfrentando todas las ventajas y las desventajas que eso conllevaría. 

Con el apoyo de su esposa Luz y de toda la familia Huerta, Albino se sometió a las numerosas evaluaciones que determinarían su compatibilidad con el cuerpo de Juan. Una vez que todo concordaba, llegó el momento de tomar la decisión.

“Yo le prometí a mi hermano que nunca lo iba a abandonar, que haría lo que fuese necesario para ayudarlo, y así lo hice”, comentó Albino, quien se armó de valor y decidió salvarle la vida a Juan, a pesar del temor de su esposa Luz y de sus tres niñas: Tania (15 años), Abigail (12 años) y Victoria (7 años), quienes estaban preocupadas por las consecuencias que esa operación podría tener en la salud de su padre.

Fue así como el 21 de Junio de 2007 los hermanos Huerta fueron intervenidos quirúrgicamente. La operación del Albino, de 43 años, duró unas 5 horas y luego de ella, su cuerpo quedó un poco descompensado e incluso estuvo inconsciente durante un día completo. Por su parte, Juan estuvo en pabellón por más de seis horas, recibiendo el pedacito de vida que le regaló su hermano. A diferencia del donante, el receptor despertó de la anestesia lleno de vida y con un semblante mucho más alegre.

Pasaron los días y ambos fueron dados de alta. Un mes después de la operación, al momento de nuestra entrevista, tanto Albino como Juan se encontraban en perfecto estado de salud, a pesar de estar aún bajo medicación y con dos heridas sanándose con el tiempo. Sus rostros no podían ocultar la sonrisa y la emoción al referirse el uno del otro.

“Yo siento que ahora somos más que hermanos, somos gemelos. Le agradezco su acto de valentía y bondad”, dice Juan, quien a sus 46 años ha comenzado una nueva vida, llevando en su cuerpo un regalo muy preciado de alguien que lleva su misma sangre.


“Lo más importante es haberle devuelto la vida a mi hermano. Nunca sentí miedo, pues más grande hubiese sido el dolor de haber perdido a Juan por culpa de mi egoísmo”. Albino Huerta.


La familia Huerta quiere agradecer a todas aquellas personas que les acompañaron personalmente y también con sus oraciones durante los momentos más fuertes de la enfermedad de Juan y la recuperación de ambos después del transplante. En especial recuerdan el apoyo del padre Lorenzo González y de los miembros de la parroquia St. Agnes, quienes fueron pilares fundamentales en esos momentos de fe.

Con este mensaje de amor familiar Albino y Juan quieren que otras familias de la comunidad sigan su ejemplo, que se informen bien antes de tomar decisiones que pueden salvar o abandonar a un ser querido.


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